lunes, 23 de abril de 2018

De los relatos de Mateo: La caridad de los más se enfriará.


           Hace algo más de un mes que comenzamos un nuevo año lectivo aquí en la universidad. Se ven caras nuevas en el campus y me da la impresión que, en general, hay más alumnos nuevos que el año pasado no así en mi instituto. En fin, a pesar de la baja en la cantidad de alumnos de primer año mi trabajo como jefe de docencia este primer mes ha sido, como todos los años, muy intenso con el papeleo, los horarios y las dudas de los alumnos nuevos que entran y salen de mi oficina a cada rato. Estuve esta mañana con tanto ajetreo que se me pasó la hora del almuerzo y a eso de las tres de la tarde recién pude ir a engañar a mi pobre estómago que rugía con lamentos de hambre desde el mediodía. Me dirigí entonces, bajo el abrazador sol de estos días, al sucucho de amasandería a donde voy a merendar - para no llamarle almuerzo -  al menos una vez a la semana, y el cual está ubicado a una cuadra de la universidad. A mi mujer no le hace gracia que yo concurra a este local porque lo encuentra poco higiénico y de mal aspecto. Le doy la razón en ambos puntos, pero a pesar de su apariencia el lugar me gusta porque las empanadas son riquísimas, el rincón donde hay un par de mesas tiene una vista espectacular y el dueño es un tipo muy simpático que me deja llevar mi propio bebestible y no tengo que comprarlo ahí. Siempre está lleno de estudiantes hambrientos que se gastan sus monedas en algún pan amasado con jamón y queso o en una empanada frita o de horno.

          Me instalé en la mesita que ocupo siempre, junto a la ventana, esperando a que el dueño del local me llevara mi pedido mientras me tomaba mi bebestible. La amasandería tiene solo unas pocas mesas, unas tres o cuatro, de modo que es el mismo dueño el que las atiende. Finalmente, al cabo de unos minutos me trae mi fragante empanada y mientras la dejaba en la mesa, me metí la mano al bolsillo de mi pantalón para darle una propina. Grande fue mi sorpresa cuando al hacerlo me encontré con una carta, una carta que me había pasado mi ayudante en la mañana y que por trajín de la jornada había olvidado por completo.  Al panadero le entregué una buena propina que agradeció dejando a mi lado un pocillo con pebre.

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 Me quedé pensando en el momento en que Rafael, mi ayudante, me había entregado la carta, y lo había hecho tal como se entrega el testimonio en una carrera de posta en atletismo cuando ya iba él con bastante retraso corriendo a una clase.

- Hola profesor, chao profesor...un hombre, que dijo ser un conocido suyo, le dejó esta carta.

 Olvidada por completo había estado escondida en el fondo del bolsillo de mi pantalón y ahora la tenía en mis manos. El sobre, un tanto arrugado, iba dirigido a mi muy solemnemente: Sr. Ph.Dr. Mateo Mansfield, presente, pero no tenía remitente y a esa altura estaba yo intrigado por completo. ¿Quién podía haberme dejado una carta y no me había esperado sabiendo que mi oficina está siempre abierta y dispuesta para una buena conversación con un café recién molido?  Abrí el sobre y leí lo siguiente:

"Me han comentado de su forma de pensar y de enseñar, por lo que quisiera comentar lo que he visto en la sociedad que vivimos. La plena descortesía, humillaciones, profanaciones e insultos de unos a otros. Ya la gente no se preocupa del otro, de sentir por el prójimo. Prefiere pisotearlo y reírse de él.
Esto es producto de que la mayoría de nuestros pastores se han dedicado a no preocuparse de su rebaño y de la enseñanza de sus Padres. Las jóvenes que usan la sexualidad para obtener cosas o logros (casa, auto, ascensos, dinero, etc) pisoteando al resto. Jefes que abusan de su posición contra sus subordinados. Ladrones que violentan la seguridad de los moradores en sus casas y no temen matar a una persona.

¿Por qué la sociedad ha perdido los valores y principios morales que se requerían para tener una sana convivencia? Ahora solo hay gritos, en vez de conversar. Engañar en vez de ser veraz. Estafar cuando no están satisfechos con su propio dinero. Pisotear al otro, en vez de ser amable con el. Abusar del amor cuando no se debería.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Nuestros pastores haciendo, algunos, oídos sordos a ciertas situaciones. Cuando deciden actuar, solo lo hacen por una sola vía: el vaticano y no por la otra vía: justicia civil. Deben darse ambas vías.  Personas que cuando van a comulgar, literalmente, arrollan a otras personas para llegar al sacerdote, y este no les reprocha que están frente al objeto más sagrado que existe en el mundo. Abuso y re-abuso de los “ministros de comunión”, que solo deben actuar cuando exista REAL necesidad. ¡Sus manos no están consagradas y tocan el objeto sagrado, y el Sacerdote lo aprueba!

¡El Sagrario apartado del centro de la parroquia o capilla del lugar de donde debería estar! Y nadie (sacerdote incluido) le llame la atención.
¿Cómo cambiaron tanto los Valores de antaño con los “nuevos”?

¿Qué me dirá, Sr. Profesor, de todo esto?"

La releí varias veces.  La carta era un bombardeo de temas salpicados por aquí y por allá. Los primeros haciendo referencia a la sociedad en general y los segundos relativos a la Iglesia.  Por el tipo de pregunta y el lenguaje que usaba de inmediato supe quién era el misterioso personaje epistolar: un atormentado amigo que vive buscando respuestas y que por más que yo me esfuerce en responder parece no quererlas entender. Acude a mí buscando consejo, pensando en que soy una gran eminencia que puede responderlo todo, y no entiende que no soy ningún sabio ni un iluminado y que mi sabiduría (si es que puedo denominarla así) únicamente radica en intentar escuchar y asimilar lo que los grandes maestros, aquellos que nos conducen a la Verdad, han enseñado, y de entre todos estos maestros el único que puede ser llamado con autoridad Maestro. Puedo formular miles de respuestas, llenar cartas y cartas con consejos que casi llegan al borde de convertirse en lugares comunes, puedo citar y citar las SS.EE, palabras de santos y filósofos, pero si su espíritu no está llano a querer que esas palabras se hagan algo concreto en su vida, no saco en limpio absolutamente nada. Palabras perdidas, palabras que se las lleva el viento. El oído, o la vista en este caso, puede estar presto a escuchar o a ver, pero si la voluntad iluminada por la inteligencia no quiere asimilarlo no es mucho lo que sirve dar respuestas.

Terminé mi colación, volví a guardar la carta en el bolsillo y me fui directo a mi oficina a responderla. Suponía que mi amigo estaba realmente interesado en que yo contestara, en la medida de los posible, a sus inquietudes, así que me senté frente a mi notebook y me puse a escribir lo que pensaba acerca de todo este aluvión de interrogantes.

Mi estimado amigo en Cristo:

Creo que son demasiadas cosas las que preguntas que me planteas. Sé que te atormentan porque las sufres a diario y comprendo tu rabia y tu angustia, pero debes – y recalco el debes – elevarte por sobre ellas y buscar paz a tu espíritu. Por el momento te diré lo que pienso acerca de tus cuestionamientos sociales, es decir, de la primera parte de tu misiva. Te quedaré debiendo mi visión acerca de la segunda parte, haré todo lo posible por responder pronto a sabiendas que por el momento estoy colapsado de trabajo.

 Lo que nosotros como católicos estamos soportando es el hedor que viene de un cuerpo podrido. Este cuerpo es la sociedad que se infectó cuando sacó a Dios de su vida. Arrancó de a poco a Dios de su vida dejando la herida abierta sujeta a que en ella entren gérmenes y bacterias, (léase liberalismo entre otros) que la han enfermando aniquilándose poco a poco, yendo contra sí misma producto de su locura, tal como se enferma un cerebro humano cuando las bacterias llegan a la cabeza. Y así han pasado los años y las generaciones y el abandono de Dios y de la práctica religiosa nos tienen a nosotros, ¡pobres de nosotros!, sufriendo esta herida que supura por todos lados y que esperamos de una buena vez reviente y sea curada de cuajo. La sociedad está enferma, el hombre moderno está enfermo porque le falta Dios.  Tanto individual como colectivamente prefiere seguir en este pus, revolcándose en sobre sí mismo haciendo oídos sordos a ese grito en su ser más íntimo que no es otro que el llamado de Dios para que vuelva a Él, a darse cuenta que está mal. Desde que Dios ya no reina en la sociedad, a ésta no le importa agradarlo ni servirlo, ni cumplir con sus mandamientos. Lo que ella haga no tiene ya consecuencias para la eternidad, y sus fines son emanantista y hedonistas, y el desenfreno es total.

Observa, amigo, como el sentido común ha desaparecido y que estamos teniendo que llegar al absurdo de defender lo que antes jamás hubiéramos pensado era necesario defender. El mundo está patas para arriba, eso es obvio. Tenemos que andar cuidándonos de ofender a sensibilidad estúpida de las cabezas termocéfalas que se arrojan el ser la voz de la mayoría.  

Las almas de los hombres están confundidas y eso les trae insatisfacción e inconformismo, entonces para poder llenar ese vacío se arrojan como unos locos a abrazarse a sí mismos buscando el placer y las diversiones que ahora tienen por montones.  La vida está para pasarla bien, ¡qué va! Nos encontramos rodeados de gente que acumula en su interior muchas frustraciones y problemas, y así va acumulando y acumulando esta rabia que tiene que reventar por algún lado y revienta a la primera oportunidad desatando su rabia con el pobre mortal que se cruzó en su camino y que por casualidad le golpeó el auto o le hizo perder el tiempo con un descuido, ejemplos hay por miles. Por consiguiente, como anda alterado, el pobre tipo estresado se desquita con el que se le atravesó y vamos, lo insulta, lo denigra, lo agrede y hasta en algunos casos puede llegar a matarlo. ¡Si te matan por un móvil! ¡te matan porque los miraste feo! Porque el que te molesta es una cosa, un estorbo. No es un prójimo, no es un alter Christus, y como toda caridad viene de Dios, al enfriarse esta ya no nos estamos mirando como criaturas de Dios creadas para amar, conocer y servir a Dios, sino como un desconocido al que me está permitido ofender y humillar. La descortesía, la falta de caballerosidad, el egoísmo, la prepotencia, la falta de empatía, el resentimiento y todo lo que dices son fruto de la falta de la Caridad porque Dios ya no reina en nuestras almas, ni en las familias ni en la sociedad.

 Esa es la radiografía del mundo en el que estamos. ¿Qué podemos hacer nosotros para sobrevivir en esta selva y no pegarnos un tiro, o volvernos locos, o acriminarnos con alguien? Si sufrimos a la sociedad es porque Dios quiere que en medio de el hedor seamos luz y combatamos. No creas que voy a sentarme contigo a lamentarme por lo que te pasa con la gente, no, no voy a animar tu desconsuelo para llorar juntos, sino que voy a animarte a combatir y a ser uno de los que lleve la antorcha de la Fe. Dice el cardenal Newman que el combate es señal genuina de un cristiano. El combate no solo contra el demonio y la carne, sino contra el mundo. No somos del mundo y debemos procurar salvar nuestra alma con los medios que Dios no da. Esto es para valientes y para hombres con coraje, como aquellos pequeños hobbits que demostraron tenerlo más que nadie frente a las puertas de Mordor. Se combate al mundo con firmeza, pero con caridad, siendo lo que somos, verdaderos hijos de Dios. Donde Dios me ha colocado, contra todas las pruebas a la que a diario somos sometidos, ahí tenemos que estar de pie con nuestras armas espirituales llevando la Bandera del Rey.

 Estás lleno de cuestionamientos, está bien, no somos unos seres irracionales incapaces de reflexionar sobre nuestra existencia. Pero todo tiene un límite y el límite es no quedarse exclusivamente con las preguntas. El “Por qué” y el “para qué” a veces terminan por enloquecernos. Las preguntas están ahí, desde que el hombre eligió ponerse en el lugar de Dios y darle la espalda y lamentable (o afortunadamente porque nuestra salvación está más cerca) el misterio de la iniquidad opera con más fuerza hoy, perdemos cada día más, la poca inocencia que nos quedaba. Que no te extrañe que las cosas sean así, desde el momento en que los hombres asesinan a sus propios hijos dentro del vientre de sus madres, cualquier cosa se puede esperar.

 Si algo puedo aconsejarte es a ignorar el mal que viene de nuestros coetáneos. Ya, te doy el punto, los demás nos humillan, nos pisotean, nos maltratan, nos deprecian, somos incomprendidos, perseguidos, tratados injustamente. ¿Y? ¿voy a quedarme dándome pena a mí mismo o levantaré la cabeza, tomaré mi arma y seguiré luchando por ser un ejemplo, tratando de, en medio de los demonios, ser santo? ¿acaso nuestro Señor no sufrió lo mismo? ¿Qué somos nosotros para pedir menos? El sufrimiento espiritual es incluso muchas veces mayor que el físico y es insoportable, pero tiene que ser por algo: nos debe conducir al Cielo. No somos unos resentidos. porque nosotros no podemos serlo si tenemos fe. Nosotros ofrecemos a Dios nuestro dolor y esperamos que sea Él el haga justicia. " No os tengáis por sabios ni volváis a nadie mal por mal; antes procurad obrar bien no sólo ante Dios, sino también ante todos los hombres. Si es posible, cuando esté de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres; no os venguéis, amados míos, mas dad lugar a que pase la ira, porque escrito está: A mí me pertenece la venganza; Yo haré justicia, dice el Señor".  " No te dejes vencer del mal, sino vence el mal con el bien" ( Rom. 12, 16 -21)  No podemos anidar en nuestro corazón odio hacia estas personas que nos hacen sufrir. No los odiamos, los superamos, vamos más allá, seguimos nuestro peregrinaje. Nos apartamos, dentro de lo posible, con nuestro silencioso padecimiento, que debiera ser un alegre padecimiento, y vamos por la vida siendo luz, no dejando de ser lo que somos: amables, educados, pacientes. Estamos siendo ayudados misteriosamente a través de la oración de nuestros hermanos en la fe. Nos asisten los sacramentos y en la Santa Misa encontramos la fuente de salud que sana nuestros corazones heridos.  "Como maltratados, aunque no muertos; como tristes, estando siempre alegres; como necesitados, aunque hemos enriquecido a muchos; como que nada tenemos, y todo lo poseemos...", dice San Pablo.

Por último, y te lo repito: no estés dándole vueltas en tu cabeza a las acciones que se hacen en tu contra. Es el demonio que quiere torturar tu alma y hace que te revuelques una y otra vez pensando en todo lo que la gente te hace sufrir, en lo mala que está la sociedad, eso ya lo sabemos, ¿voy a lamentarme eternamente por eso? No, no se puede vivir así, es una tortura. Cada uno tiene su propia cruz y por Dios que hay gente que lo está pasando mucho peor que nosotros.

Nunca está de más recordar el evangelio del apóstol del cual llevo mi nombre, para que sirva de consuelo y nos prepare el ánimo cuando observemos que lo que ahora sucede se pondrá cada vez peor: “Después os entregarán a la tribulación y os matarán y seréis odiados de todos los pueblos por causa de mi nombre. Entonces se escandalizarán muchos, y mutuamente se traicionarán y se odiarán. Surgirán números falsos profetas, que arrastrarán a muchos al error; y por efecto de los excesos de la iniquidad, la caridad de los más se enfriará. Mas el que perseverare hasta el fin, ése será salvo”. (Mt. 24, 9-13)

Tuyo con afecto,
Mateo Mansfield B.

p.d: Te cuento lo siguiente para que te sirva de consuelo: están a punto de echarme de la universidad, ja,ja,ja ¿no te parece gracioso?. Soy un inadaptado a los nuevos tiempos y creo que, así como voy, pronto tendré que irme a vivir con mi familia como un desterrado a algún pueblo lejano en el sur o en el norte. ¿quizás formar una colonia católica autosustentable? Lo estoy pensando…lo estamos pensando.
p.d. 2: queda pendiente la segunda parte de tus preguntas.

Nota de Beatrice: aunque Mateo es un personaje ficticio recibió de veras esta carta de parte de uno de sus fieles lectores. Agradezco la colaboración de este sincero lector.


martes, 3 de abril de 2018

Día de Pascua, por Mgr. R. H. Benson


                                                      Día de Pascua

No me toques, porque aún no he subido al Padre.
(Jn. 20, 17)

A lo largo de la Semana Santa hemos asistido a la tragedia suprema en la historia del mundo, presentada con toda la magnificencia posible del arte litúrgico y simbólico. En el transcurso de los días hemos visto a nuestro amigo como protagonista del drama, rodeado de un coro de profetas, soldados, sacerdotes, mujeres, niños, enemigos y amigos, representantes del conjunto de la familia humana de la que Él mismo fuera un miembro. Cada uno de ellos interpreta su papel y prepara su propio camino hacia el oscuro y reducido grupo que rodea la cruz; y luego; hacia esas escenas de ensueño con las que la Iglesia católica nos presenta los eternos efectos espirituales de la Pasión y muerte de Cristo.

Desde el punto de vista divino es la historia de un triunfo; desde el punto de vista humano, la de un fracaso, como lo es, ciertamente, la historia del mundo a lo largo de su transcurso.

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Uno tras otro, los poderes seculares se han unido en contra de Él y, uno tras otro, se han unido entre sí en intereses inicialmente antagónicos y finalmente comunes: el nacionalismo, que niega la unidad de la familia humana, el imperialismo, que niega la unidad de la familia divina, y, por último, una religión mundana que niega lo sobrenatural y la trascendencia de Dios. Herodes, Pilatos y Caifás se alían por fin contra Jesús, su enemigo. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Lo hemos visto todo, incluso el detalle final de sellar el sepulcro y poner guardianes. Y no por temor a que Cristo apareciera de nuevo (“los milagros no existen”), sino por el miedo a que sus deshonestos seguidores fingieran que había sido así, ya ante el riesgo de que un nuevo fraude religioso turbara la paz de su mundo. Bien: dejémoslos tranquilos. Hoy no nos ocuparemos de ellos y así podrán elaborar sus teorías cuidadosamente- Hoy no nos ocuparemos de poner a los pies de Cristo a sus enemigos, sino de devolver a Cristo a los brazos de sus amigos; de reivindicar a Cristo como a nuestro amigo divino en el que hemos confiado y que no nos ha defraudado, y no de su contundente manifestación última al mundo…

Contemplemos el proceso, pues, a través de los ojos del más humilde de sus amigos, alguien que carecía de la serena clarividencia de la Virgen o de la heroica confianza del discípulo amado, alguien que, a pesar de su comportamiento en contra de la voz interior y de la decencia del mundo, tenía a su favor que “había amado mucho” y que “había hecho lo que había podido”. Dos sencillas virtudes a las que puede aspirar incluso el más humilde de los enamorados de Cristo.

A raíz de su primer encuentro con Jesús, hubo en la vida de María Magdalena tres momentos cruciales, tres ocasiones en las que su relación con el Señor, su esperanza, la hizo subir hasta los cielos para luego arrojarla al borde del infierno.

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 I. En la primera ocasión Cristo fue su salvador. El arte y la literatura han reproducido la escena una y otra vez. Los invitados ocupan puestos en las largas mesas dispuestas en la estancia del primer piso. Allá, en el último lugar, con los pies aún cubiertos del polvo de los caminos, con el cabello seco y enredado por el viento, vemos al amigo de todos en su diván, al joven carpintero del norte. La invitación no tiene por objeto agasajarle, sino observarle y examinarle a causa de la notoriedad que ha alcanzado entre cierta clase de gente…Ahí están los importantes doctores de la ley, hombres prudentes de aspecto venerable, grave y sereno, charlando sosegadamente con unos y otros. Los sirvientes van y vienen ofreciendo las viandas y escanciando el vino. Y entonces, entra una extraña, arrepentida pero no perdonada, con el largo cabello extendido sobre los hombros, el vestido azafranado en desorden y un pomo de perfume en las manos. Piensa, quizá, que es su última oportunidad y viene exclusivamente a ver a Jesús, a mirar al que una vez la miró amablemente, para percibir un destello de compasión en los ojos penetrantes del Maestro. Los acontecimientos se suceden rápidamente: antes de que lo impidan los criados, se postra a los pies del Señor y, conmovida por la mirada divina, solloza silenciosamente. Se hace el silencio, mientras, ajena a todo lo que no sean ellos, la mujer se inclina hasta que sus lágrimas caen sobre los pies de Cristo. Entonces, asustada por haber humedecido aquellos pies sagrados, los seca frenéticamente con sus largos cabellos. Después, como si tratara de compensar el contacto con sus lágrimas, rompe el frasco y vuelca el perfume de nardo. Allí, en los puestos de honor, surgen los comentarios.

Jesús alza la cabeza y luego, con un par de frases, da por terminado el asunto.

“Veis a esta mujer… Ella, por lo menos, ha hecho lo que tú, mi anfitrión, dejaste de hacer…Ha amado mucho…Y por eso, sus pecados le son perdonados. Ve, hermana mía, amiga mía, y no peques más”.

II. Pocos meses después – meses de una vida diferente, limpia y tranquila por fin -, María Magdalena recuerda aquellos tumultuosos pensamientos, su angustia y su esperanza, mientras sigue paso a paso el tormento y la deshonra del que la perdonó y le infundió esperanza. Ha sido testigo, desde el alba, de cada detalle del drama. Ha seguido hasta las afueras a la enfurecida multitud; ha escuchado sus comentarios y oído sus carcajadas, mientras Él, su amigo, sale al atrio cubierto con el raído manto de un soldado, con el cetro en las manos heridas y, en la cabeza, el escarnio de la corona de espinas. Ha escuchado en silencio el chasquido de los latigazos…Luego, le ha seguido de nuevo a través de las calles, fuera de las puertas y por la suave pendiente. Y por último, cuando todo ha terminado y Jesús cuelga de la cruz, desnudo, escarnecido y martirizado, y los soldados se retiran acompañados por la muchedumbre, María se abre camino hasta el pie del árbol tembloroso y, de nuevo, “hace lo que puede”. Lava con sus lágrimas los pies del Maestro. Y unidas, fluyen por el suelo – en un raudal más dulce que todas las aguas del paraíso – las lágrimas de la pecadora perdonada y la sangre de su salvador.
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No obstante, conserva la esperanza – contra toda esperanza – de que la tragedia no termine trágicamente- Le ha visto en otras ocasiones en manos de sus enemigos, y siempre consiguió librarse. Incluso ahora, mientras ella se abraza a la cruz, no cree que sea tarde. ¡Aún no ha muerto! ¿Dónde están aquellas legiones de ángeles que nombró alguna vez? Y sobre todo, ¿dónde está aquel poder divino que la había confortado, un poder tan evidentemente sobrenatural que carecía de límites? Mientras crecía el clamor de la muchedumbre, “Si eres el hijo de Dios, baja de la cruz y te creeremos”, contemplaría el silencioso rostro atormentado que dirigía los ojos cerrados hacia el cielo. Y por encima de todo, cuando cesara el griterío, y desde las cruces situadas a los lados llegara la misma burlona llamada con su terrible añadido, “si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”, probablemente la veríamos levantarse de un salto, acuciada por la intensa esperanza de que quizá, por lo menos ahora, Él contestaría. El poder divino acudiría a vengarle, incluso en la hora undécima, y los clavos estallarían en piedras preciosas y la cruz en flores. Y Él, su amigo, radiante otra vez, descendería de su trono para recibir el tributo de adoración del mundo. Nos la imaginamos en pie, mirando a María y a Juan para hacer acopio de fuerza y, volviéndose de nuevo hacia Él, musitar en su angustia: “Puesto que eres el Cristo, sálvate y sálvame”.

…Y Jesús, dando una gran voz, entregó su espíritu.

III. Sólo le queda una cosa. Se ha ido el que la perdonó, ha muerto su rey. Pero su amigo le ha dejado algo que le permite llorar, pues nadie puede llorar si no conserva todavía en su interior cierta capacidad para la alegría.

Y de nuevo, la que había amado mucho hizo lo que pudo. Después de lavar el cuerpo con sus lágrimas y cubrirlo de ungüentos, recorre paso a paso el silencioso huerto, y contempla la piedra que sella la oscuridad que, desde ahora y para siempre, hará de este huerto el santuario de la amistad…Después, tras un día y una noche y un día, regresa al amanecer para visitar el relicario.

El mundo le ha arrebatado todo lo que podía hacer su felicidad. No sólo los placeres – ahora imposibles para ella -, sino la fe recién descubierta; la esperanza y el amor también se han oscurecido, puesto que quien los había despertado se mostró incapaz de salvarse a sí mismo. Sin embargo, el mundo no podría arrebatarle nunca el recuerdo de una amistad siempre viva y, tan profunda, que resultaba un tormento. Mientras exista el huerto donde yace el cuerpo, estará contenta de vivir. Podrá venir una semana tras otra como el que acude al mausoleo de un dios; podrá esperar el curso de las estaciones viendo crecer la hierba alrededor del sepulcro. Es la dueña de algo mucho más querido que todo lo que el mundo pudiera darle.

Esta mañana lo verá por última vez. Camina rápida y sigilosamente, llevando en las manos nuevos perfumes para ungirle.

Y entonces, recibe una última y más amarga sorpresa; la piedra está corrida y, a la pálida luz del alba, comprueba que el sepulcro excavado en la roca está vacío.

¿Quiénes son esos ángeles que en ese momento ve a través de sus cegadoras lágrimas de desesperación? No serán ángeles quienes la consuelen de la pérdida del cuerpo de un amigo humano.
“Se han llevado a mi Señor, solloza, y no sé dónde lo han puesto”. De pie, tras ella, ve a un hombre y “pensando que es el hortelano”, se dirige desesperadamente hacia él.

“Señor, si te lo has llevado tú, dime sónde lo has puesto y yo lo recogeré”.

“¡María!”

“¡Rabboni!”

Todavía le queda una lección por aprender.

Cuando, muda de asombro y de deseo, se lanza a los pies del Maestro para, tocándolos, asegurarse de que son los mismos que besara en casa del fariseo y en la cruz del Calvario, de que es Él y no un fantasma, el Señor retrocede:

“No me toques porque aún no he subido al Padre”.

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“No me toques…”. Esta amistad no es ya la que era: es infinitamente más elevada. No es la que era, puesto que de su sagrada humanidad han desaparecido las limitaciones que le obligaban a estar aquí y no allí; limitaciones que le hicieron sufrir, cansarse, sentirse hambriento y llorar; limitaciones que le granjearon el cariño de los suyos, pues les permitieron ayudarle, consolarle y apoyarle. Aún no se había producido su entrada en la gloria – “aun no he subido al Padre”-, la explosión de la ascensión y el recorrido por las jerarquías angélicas hasta el momento de la coronación a la derecha de la majestad del Altísimo, y que culminará con el envío del Espíritu Santo y tendrá como resultado la presencia de la sagrada humanidad en cientos de altares.

Entonces, el que conociste confinado en el tiempo y en el espacio volverá para que puedas tocarle de nuevo. Y será tu amigo otra vez. El creador de la naturaleza se presentará con esa misma naturaleza ahora ilimitada. El que asumió la naturaleza humana se presentará con una naturaleza humana. El que habló en la tierra “como quien tiene autoridad” hablará otra vez del mismo modo. El que curó al enfermo lo curará de nuevo en la puerta llamada Hermosa. El que venció a la muerte, vencerá la de Dorcas en Jope. El que llamó a Pedro en Galilea llamará a Pablo en Damasco.

sábado, 31 de marzo de 2018

Las siete palabras, nuestro amigo crucificado por Mgr. R.H. Benson parte 3 de 3


5.- “Tengo sed”

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Termina la agonía del alma de Cristo mientras avanza la de su cuerpo. Cuelga en la cruz desde la mañana, y ahora, bajo el ardiente sol del mediodía – apagado durante unos instantes por las tinieblas que ocultaron el tormento de su alma -, los minutos transcurren lentamente. Y, como una marea de fuego, aparece la sed del crucificado, un tormento que, según se dice, es l peor en esta acerba forma de muerte.

Hasta este momento su clamor al Padre ha sido el punto culminante de la humillación de Cristo, una petición de ayuda por parte de la sagrada humanidad abandonada voluntariamente, su confesión al mundo de que la oscuridad invade su alma. Ahora baja el peldaño más profundo de la humillación y pide ayuda al hombre.

¡Cristo pide ayuda al hombre!

Él la ofreció durante toda su vida: alimentó a las almas hambrientas y a los cuerpos hambrientos; abrió los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos; enderezó las manos paralizadas y fortaleció las rodillas débiles. En pie, en medo del templo, llamó a los sedientos para calmar su sed, ahora, por el contrario, pide de beber y lo acepta. También David, en el fragor de la batalla, había gritado: “¡Quién me diera poder beber agua de la cisterna que está a la puerta de Belén!”, Porque tanto David, como el hijo David, eran lo suficientemente fuertes como para ceder a la debilidad.

En el secular calvario de la historia del mundo, Jesús clama pidiendo ayuda al hombre: el dador de todas las cosas se humilla hasta la súplica.

En realidad, ha habido llamadas anteriores: el Señor habla al alma egoísta con la voz del Sinaí: “No robarás”; y a la que hace ciertos progresos le promete apoyo y recompensa: “Bienaventurados tales y tales hombres porque recibirán su premio. Pero existen numerosas almas sordas para el cielo y para el infierno, almas para las cuales el futuro no significa nada o casi nada, almas tan osadas que no temen el infierno, o tan indiferentes que no desean el cielo. Y a ellas dirige su último y conmovedor mensaje: “Si no queréis aceptar mi ayuda, ayudadme al menos. Si no queréis beber de mis manos, dadme al menos de beber de las vuestras. Tengo sed.”

Resulta sorprendente comprobar hasta qué situación redujeron los hombres a Cristo. Y también resulta sugerente pensar que los hombres que no reaccionaron por su propio bien reaccionarán algunas veces por el de Él.

“Mirad, clama Jesucristo, habéis abandonado la búsqueda, os habéis apartado de la puerta y no queréis llamar. No os tomaréis la molestia de pedir. De modo que yo tendré que hacerlo todo. Mirad, yo soy el que busca al que se ha perdido; soy yo el que se ha convertido en un mendigo…Tened compasión de mí. El Señor me ha contristado. Ya no os ofrezco agua, sino que os la pido: sin ella, me muero”.

Algunas veces nos conviene considerar la vida espiritual desde un punto de vista completamente distinto. En ciertos momentos la religión representa para nosotros una pesada carga: cuando la búsqueda, larga e infructuosa, nos harta; cuando, a pesar de nuestras insistentes llamadas, las puertas no se abren; cuando pedimos y no recibimos respuesta. En tales momentos nos rendimos; incluso llegamos a creer que nuestras peticiones no merecen ser satisfechas; que la piedad llega a un punto detrás del cual ya no hay nada; que fallan nuestros deseos y que ya no ambicionamos el cielo. La verdad es que somos seres limitados, y que la “inquietud por lo divino”, el anhelo de infinito y la ilimitada pasión por Dios son dones divinos, lo mismo que la fuerza para alcanzarlos y vencer. Dios no es sólo nuestro Señor y nuestra recompensa, sino que Él mismo debe ser el camino para encontrarle. No podemos desearlo ardientemente si no contamos con su ayuda.

Y cuando nos cansamos de desear, cuando el mismo deseo se extingue, Jesús nos dice la palabra desde la cruz.

Hemos hablado de la amistad divina como si se tratara de una relación recíproca; como si se tratara de una relación recíproca; como si, estando Cristo a un lado y nosotros al otro, nos uniera un lazo común. Pero en realidad sólo existe un lado. No podemos desear al Cristo exterior si no contamos con la ayuda del Cristo interior. Y el Cristo interior debe gritar: “Tengo sed” antes de que el Cristo exterior pueda darnos el agua viva.

Esta llamada debe ser, entonces, nuestro estímulo último cuando fallen todos los demás. Está Jesucristo tan golpeado y despreciado que ha tenido que pedir compasión para sí mismo antes de compadecerse de nosotros.

Si no encontramos nuestro cielo en el Señor, dejémosle, al menos, que Él encuentre su cielo en nosotros.

Si ya no podemos decir: “Mi alma tiene sed del Dios vivo”, escuchémosle al menos clamar desde la cruz: “Mi alma tiene sed de vosotros”.

Si no le permitimos servirnos, contentémonos para nuestra vergüenza, con servirle.

Este es, de nuevo, el grito de Cristo que brota incesantemente en su Iglesia. Vivimos días llenos de temor y de amenazas. En otro tiempo la doctrina de la Iglesia iluminaba a Europa: era aclamada como “la que viene en nombre del Señor”. Llegaba haciendo el bien, ofreciendo el agua viva y distribuyendo el pan de vida. Ahora, recorre ante nuestros ojos el camino del dolor, está subiendo al Gólgota; está pendiente de la cruz…El mundo ha vencido de nuevo como pareció vencer en el Calvario. Los hombres se niegan a que les sirva; es más, no le permiten regirse a sí misma. Le atribuyen las características de un gobierno secular; le han arrebatado su gloria; se mofan de ella diciéndole que no puede salvar a los demás, puesto que no es capaz de salvarse a sí misma.

¿Qué esperanza no queda? ¿Cómo podrán bendecir unas manos clavadas? ¿Cómo podrán unos pies trabados salir en busca de los que se han perdido? Y ¿Cómo unos labios abrasados y agrietados por los tormentos podrán predicar el mensaje de la libertad divina?

Para nuestro consuelo, recordemos ahora que es Jesús quien clama y que cuando expresó su petición junto al pozo de Jacob y en la cruz del Gólgota, una mujer samaritana, una extranjera en el pueblo de Dios, y unos soldados del imperio enfrentado con el reino de Dios tuvieron compasión de Él y le dieron de beber.

6.- “Todo está cumplido

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La trémula luz de la tarde ilumina ahora el Calvario, las tres cruces y el pequeño grupo que aguarda el final. Del rostro de Cristo ha desaparecido la expresión de agonía. Desde su cuerpo destrozado y su alma torturada pidió compasión a Dios y a los hombres, y ellos respondieron. Ahora, ese rostro demacrado por las tinieblas del alma, con los ojos hundidos por el sufrimiento, se transforma en un rostro radiante ante la mirada de los que le contemplan. La respiración se acelera; el cuerpo clavado por las extremidades se endereza hasta conseguir la fuerza suficiente no sólo para hablar, sino para gritar de un modo tan sonoro y triunfal que sorprende y asusta al centurión, que ha visto morir a muchos hombres, pero a ninguno como este. El grito resuena como el clamor de un rey en el momento de la victoria. Y en un instante, el fracaso, los trabajos y la amargura desaparecen para siempre. Consummatum est…¡Todo está acabado!

Cristo vino al mundo para llevar a cabo la tarea más importante, más que el acto absoluto de la voluntad divina por el cual todas las cosas llegaron al ser desde la nada, más que esa constante fuente de energía que mantiene todas las cosas en el ser, las estrellas en su curso, los átomos en cohesión, y los mundos del espíritu y de la carne en sus mutuas relaciones. Y es que restaurar lo creado es un acto más grande que crear; lograr que el desobediente vuelva a la obediencia, más que darle la existencia; reconciliar a los enemigos, más que crear adoradores; redimir, más que crear. Que Dios creara al hombre era un acto de poder; que lo redimiera fue un acto de amor.

Vista desde esa perspectiva, toda la historia del Calvario es un esfuerzo incesante por llevar a cabo la redención. Ningún cordero vertió su sangre en vano, ningún profeta habló ni ningún rey reinó, excepto como eslabones de la cadena de la que el Cordero de Dios, el siervo del Señor y el Rey de Reyes es el final y la culminación que lo justifica todo. Abraham vio este día y se gozó; David habló en su canto del nacimiento del Señor y de sus manos y pies heridos; Isaías habló de la sepultura entre los impíos y del sepulcro en el huerto de un rico. Dios cumplió y culminó todo esto, y ahora Consummatum est.

Y si damos un salto de dos mil años y volvemos de nuevo nuestra mirada hacia el Calvario, vemos que todo lo que Dios ha hecho desde entonces nace de ahí: todas las inspiraciones de la gracia, todos los sacrificios y las oraciones, todas las mociones divinas, toda la correspondencia de las almas de los hombres, todos los pecados perdonados, todas las nuevas vidas recomenzadas, todas las muertes de los justos, todos los nacimientos de nuevas almas inocentes, todo extrae su fuerza y su auténtica existencia del torrente de amor que brota a los pies de la cruz de Cristo.

En ese momento, cuando de su corazón traspasado cae la última gota de sangre, Jesús, con una fuerza increíble en un moribundo, grita: “Todo está cumplido”.

En el cuerpo de Cristo se ha reanudado ahora la amistad entre Dios y el hombre: ha desaparecido la antigua e irreconciliable enemistad entre el pecado de la criatura y la justicia del Creador, entre la mancha del alma y la santidad del Padre de las almas. Ya somos aceptados “entre los que ama”.

En primer lugar, se ha abierto para el pecador la puerta de la salvación. De ahora en adelante no hay pecados imperdonables. Se dice que la caridad consiste en perdonar lo imperdonable y amar lo imposible de amar. Y como canta el profeta, esa sangre preciosísima “será una fuente en la que se laven el pecador y el impuro”. O, como escribió el apóstol, “donde nos purifiquemos del pecado”. La amistad se abre a toda alma que la desee.

Sin embargo, hay algo más. La muerte de Cristo no sólo hizo posible una mera amistad, sino distintos grados de ella a los que ni siquiera los ángeles pueden aspirar. Y, gracias a esa preciosísima sangre, un alma no sólo puede pasar de la muerte a la vida, sino que, por sucesivos peldaños, etapas y niveles, puede llegar a la perfección de la santidad misma. David tuvo sed de Dios; David intentó incesantemente “despertar en la presencia del Señor” que es la suprema satisfacción del alma. Sin embargo, hasta después de la muerte de Cristo ningún alma pudo llegar a esa meta – como era su deseo y el de Dios – que ahora encuentra a su alcance siempre que esté dispuesta a los sacrificios necesarios.

Por la fuerza de esa Preciosísima sangre vertida, y por las gracias de los sacramentos, el alma puede lograr ser fiel a Cristo en cada uno de sus pensamientos, palabras y acciones. Y por esa misma fuerza, puede alcanzar un punto de unión con Él, tan vivo y tan pleno, que realmente la lleve a afirmar: “Estoy clavado con Cristo en la cruz. Ya no soy yo el que vive: es Cristo quien vive en mí”.

Pues bien: la tarea de Cristo quedó “cumplida” en la cruz; cumplida, sí, pero no clausurada, sino liberada del doloroso proceso que la motivó; acabada como el pan que, después de amasarlo y cocido, está listo para ser consumido, como el vino procedente del lagar, como el cuerpo del niño cuando le da a luz su madre.

Terminada, para un nuevo y glorioso comienzo. El torrente que mana de sus heridas inunda las almas de los hombres lo mismo que su carne desgarrada los alimenta. Porque ahora, la Pasión de Cristo comienza a realizarse en su Cuerpo místico, que pone “lo que falta a la Pasión de Cristo”. Ahora, el terrible proceso que martirizó y destrozó su naturaleza humana asumida empieza a repetir la misma tarea de redención en el cuerpo de la Iglesia que, místicamente, es el cuerpo en el que Cristo mora para siempre. El sol se pone para que otro sol – que es el mismo – siga su curso. “La mañana y la tarde son el día”.

Y nosotros, sus amigos, que gracias a su amistad somos capaces de vivir, morir y resucitar con Él, vivimos generalmente como si no hubiera muerto. Comparemos la vida de un pagano culto y responsable. Saquémoslos de su ambiente y situémoslos el uno junto al otro. ¿Son tan grandes las diferencias? Algunas aparecen en los símbolos religiosos de ambos: uno lleva a Apolo y el otro un crucifijo. Uno venera a una diosa egipcia con el hijo en los brazos y el otro, a la Madre inmaculada de Jesús con su Niño bendito. Sus conversaciones, sus ropas, sus casas – signos completamente indiferentes para la vida del alma -, son distintas. Pero ¿son tan distintas sus virtudes, sus esperanzas de eternidad, su dolor ante las tumbas abiertas, sus ilusiones junto a la cuna…? Incluso antes de que Cristo muriera, los hijos amaban a los padres y los padres a los hijos. ¿Han llegado los cristianos a alcanzar ese asombroso grado de amor que exige “aborrecer a su padre y a su madre” para llegar a ser discípulos del Señor? Antes de que Cristo muriera, la castidad era una virtud. ¿Hemos adelantado tanto hoy en la pureza de corazón sin la cual nadie puede ver a Dios? Incluso un emperador romano predicó el dominio de uno mismo y la practicó. ¿Son nuestros hogares los mejores modelos de paz fraternal entre quienes viven juntos?

¿Llevó Cristo a cabo su obra sólo para que la sociedad no se pudriera más?¡Qué Dios nos ayude! Cuando contemplamos la llamada sociedad cristiana hoy tenemos la impresión de que Cristo no la ha empezado aún.

Del Calvario brota un enorme río de gracias, un caudal que debería hacer feliz a la Ciudad de Dios. Hay enormes embalses de gracia rebosando de los sacramentos, empapando el suelo bajo nuestros pies y refrescando el aire que respiramos. Y nosotros continuamos aferrados a nuestra odiosa falta humildad como si la perfección fuera un sueño, y la santidad el privilegio de los que ven a Dios en la gloria.

En el nombre de Cristo, empecemos, porque Cristo ha terminado.

7.- “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

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Con su sexta palabra, nuestro Señor proclamaba que había dado fin al “asunto de su Padre” del que hablara años atrás en el templo. Ahora deja caer lentamente la cabeza sobre el pecho y, con las frases que aprendió en las rodillas de su madre – y que todo niño judío repite al confiar su alma a Dios cuando llega la noche -, rinde el espíritu en manos del Padre. Cae la tarde y se acerca el Sabbath en el cual, Dios, viendo todo lo que ha hecho, pronuncia de nuevo su “es bueno” y descansa de su tarea.

La paz de la muerte de nuestro amigo divino es uno de los aspectos más conmovedores de la Pasión. Durante treinta y tres años se dedicó a su obra, y desde su primer aliento de vida en el inhóspito portal de Belén, nunca descansó realmente. Incluso mientras dormía, su corazón velaba.

Su tarea consistió, entre otras cosas, en la colocación de los cimientos para la reforma del mundo. Si tenía que perdurar la civilización, todo – desde el desarrollo del Imperio Romano, hasta la evolución de los pueblos bárbaros, etc.- debía remodelarse sobre las bases que Cristo estableció, o perecer. Aún más: fundí el mayor reino jamás imaginado, la suprema sociedad sobrenatural que debe inspirar los decretos de los reyes y conceder a las repúblicas el derecho de gobernar. Porque el sucesor de su vicario será “padre de príncipes y reyes, y señor del mundo”. Y mientras tanto, hubo de llevar a cabo incontables gestos de misericordia: no despedirá a las almas solitarias, ningún cuerpo enfermo quedará sin sanar, y ninguna necesidad, insatisfecha. Y todo ello lo llevó a cabo un Hombre. En realidad, sólo Dios pudo hacerlo. No hay reformador, filósofo o monarca que haya soñado con fundar un reino como éste. Y todo lo llevó a cabo una naturaleza humana: fueron labios mortales los que dijeron aquellas cosas; fueron manos mortales las que prepararon aquellos cimientos; un cerebro mortal lo organizó y lo tradujo al lenguaje humano haciendo realidad los sueños de Dios. Ciertamente Dios no puede cansarse, pero hizo que el Hombre se cansara miles de veces.

¡Merecía, pues un profundo descanso! Y finalmente lo obtuvo. El alma que ha sufrido tan terrible agonía reposa ya en un lugar de descanso y de paz, donde las almas que han servido a Dios por medio de su correspondencia a la gracia esperan la primera llegada de su redentor. El cuerpo que ha soportado el peso del día y del calor, que se ha agotado a causa del trabajo y del quebrantado por los sufrimientos, y que, por fin, ha sido golpeado, herido y destrozado a manos de los mismos por los que soportó todo, yace en un frío sepulcro excavado en la roca, envuelto en un suave lino y ungido con mirra y perfumes, esperando el soplo de la energía divina que de nuevo recorrerá sus venas, nervios, y músculos, transformándolo en la imagen divina. Y, al no estar ya sometida a ninguna limitación, fatiga o deterioro, su alma no volverá a sentir tristeza, sino que disfrutará del gozo eterno. Nuestro amigo duerme por fin.

La paz de Dios que sobrepasa a todo entendimiento es, con mucho, el mayor de sus dones, por encima de la salud y de la riqueza, por encima, en cierto modo, de las virtudes mismas puesto que es su corona y su premio. Esta paz de Cristo es lo único necesario, y, como Él mismo nos dice, es esa “mejor parte”, mejor que toda la actividad y toda la energía, y que “no nos será quitada”.

Por esta razón nos planteamos la muerte con una esperanza que nos tranquiliza y reconcilia ante esa brusca interrupción de la actividad, que supone el mayor horror para la imaginación de un alma dinámica y vital. Incluso algunas veces la muerte tiene un enorme atractivo (o quizá podríamos decir que debería tenerlo) para ciertas almas que han padecido los sinsabores de la vida.

Y es que, de vez en cuando, el hecho de vivir exige un esfuerzo intolerable, no sólo por el cansancio que para el cuerpo supone obedecer a las exigencias del alma, sino por el esfuerzo, aún mayor, que para el alma supone responder adecuadamente a las inspiraciones y peticiones de la gracia. Si fuera posible, pediríamos que terminara esa lucha para descansar plenamente en Dios sin ni siquiera un esfuerzo de la voluntad; para reposar y hundirnos en Él, nuestro único descanso. Sin embargo, no debemos hacerlo, pues eso sería caer en el quietismo – esa curiosamente seductora teoría que implica letargo e inactividad -, esa modorra de un alma que ha sido creada para obrar, y de una voluntad que debe responsabilizarse del mérito o el demérito de sus actos. Ese estado únicamente es posible en la “divina necesidad” del purgatorio, y en ese caso, solamente porque es necesario.

Por otra parte, existe una paz de Dios incluso mientras vivimos. A causa de su falta, muchas almas se debaten y atormentan profundamente ante las rígidas barreras de sus propias limitaciones. Esa paz debe nacer de una única razón: del perfecto equilibrio de nuestras almas con el entorno para el que fueron creadas, de la respuesta perfecta por parte de nuestra amable y amante naturaleza a la única naturaleza adorable, la única que puede entendernos. En una palabra, esa paz sólo podemos encontrarla en todo lo que hemos venido considerando: en la íntima, afectuosa y voluntaria amistad con Cristo, que nos hizo para Él y preparó su propia Encarnación para que esa unión fuera completa.

La actividad, pues, es buena y necesaria en su lugar adecuado. La obra de Dios no puede hacerse sin ella. Pero es imprescindible que el alma goce de paz interior para que esa actividad cumpla sus objetivos. Vamos y venimos, acertamos o fracasamos. No tiene demasiada importancia, ya que no hay baremos en este mundo que nos permitan calibrar los resultados.

Pero la paz interior es necesaria puesto que nuestra verdadera “vida está oculta con Cristo en Dios”; esa paz que, como Él mismo nos dice, el mundo no puede darnos ni quitarnos, una paz que, a diferencia de otras emociones gratificantes, es completamente ajena a las cosas externas. En esta paz entró Cristo en cuerpo y alma cuando rindió su espíritu en manos del Padre, esa paz del Sabbath que Él inauguró y que “permanecerá…para el pueblo de Dios”.

La muerte ya no es temible y la vida ya no es gravosa, porque detrás de la escalofriante quietud de la muerte y de la enloquecedora prisa de la vida, Cristo y el alma moran juntos en la minúscula estancia del corazón, excavada en lo que es más duro que la roca. Esta roca no es la que se partió cuando se abrieron los sepulcros sembrando el terror aquí y allá, cuando hemos aprendido a morir a todo excepto a Cristo, cuando es todo nuestro, Él es también nuestra paz.

Contemplemos por última vez el sagrado Cuerpo que pende de la cruz. Ha corrido la sangre, el alma ha partido y nuestro amigo descansa. Vayamos también nosotros para ser enterrados con Él. Y que nuestras almas y las almas de todos los fieles, los que viven y los que marcharon , ¡descansen en Él!.

viernes, 30 de marzo de 2018

Las siete palabras, nuestro amigo crucificado, por Mgr. R,H. Benson, parte 2 de 3


3.- Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”

Dos de las personas que permanecieron al pie de la cruz son, para los cristianos de todos los tiempos, los modelos supremos de amor divino y humano. Allí está María, amada por el Padre Eterno hasta el punto de hacerla sin mancha. Allí está Juan, el discípulo preferido, que tuvo el privilegio de apoyar su cabeza, antes de llegar al cielo, en el pecho del Amor mismo inmaculado. Seguramente María y Juan estaban ya unidos por el mismo amor. Los que aman a Dios tan perfectamente no pueden amar a los demás de otro modo…Sin embargo, con sus siete palabras desde la cruz, Jesús los impulsa a una unión aún más estrecha. 

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Nuestro Señor desea no sólo entablar amistad con las almas, sino unir mutuamente a sus amigos e la caridad divina. De hecho, como prueba definitiva del amor hacia Él, crea un vínculo de caridad entre los hombres.“El que no ama su hermano, al que ve, ¿cómo puede amar a Dios al que no ve?”, escribirá más tarde Juan.

“Lo que no hicisteis con alguno de estos pequeños no lo hicisteis conmigo”, había enseñado a Jesús.
El segundo mandamiento es “semejante al primero”: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Si dedico la mitad de las energías de su vida a atraer a los hombres hacia sí, dedicó la otra mitad a unir a los hombres entre sí.

“En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”.
Alaba, no sólo a quienes “tienen hambre y sed de justicia” y buscan la fuente divina de la justicia, sino también los pacíficos y a los mansos. Porque los que no perdonan las ofensas (aquellos que consideran más fuertes que el lazo divino que los une al prójimo, las disensiones humanas que podrían separarlos) no pueden ver perdonadas sus propias ofensas, es decir, no pueden confiar en el vínculo divino que ellos mismos han rechazado.

Ahora bien, la unidad entre los hombres es, en cierto modo, el objeto de toda sociedad humana. Incluso en las esferas más mundanas se admite un hecho que ha sido siempre el tema de la predicación cristiana: que la unión hace la fuerza; que es mejor cooperar que competir, que una sociedad de cualquier clase sólo se salva olvidándose de “sí misma”; que la individualidad no se mantiene mas que sacrificando el individualismo. En prácticamente cualquier sociedad humana de todos los tiempos la unión es fuente de prosperidad. “Si disfrutamos juntos, ganamos juntos y triunfamos juntos, seremos capaces de amarnos unos a otros”.

Ahora, Jesucristo hace algo que no ha hecho nunca. Emplea el dolor como un lazo supremo de amor. “Amaos los unos a los otros” parece clamar desde la cruz, porque sois lo bastante fuertes como para sufrir juntos, “¡Mujer!, exclama nuestro hermano agonizante, ahí tienes a tu hijo”. Y luego, dirigiéndose a todos nosotros: “¡Hijo!, ahí tienes a tu madre”.

En primer lugar, pues, este es el lazo que nos une a María que, aunque en una ocasión entonara el Magnificat, sentiría más tarde que una espada le atravesaba el corazón. El pesar, mal aceptado, es una fuerza destructora más poderosa que cualquier otro sentimiento humano. El pesar, soportado con resentimiento y amargura, aísla el alma no sólo de Dios, sino de los amigos: el solitario agoniza lentamente en su soledad. Sin embargo, si la persona recibe y asume ese pesar, si hace un auténtico esfuerzo por aceptarlo, crea un lazo de unión tan fuerte con los demás que sufren, que todo el poder del infierno es incapaz de romperlo.

Si María se nos hubiera dado como madre solamente en Belén, si hubiera vivido envuelta en su íntimo gozo, si se nos mostrara como la imagen viva de la felicidad en persona, entonces, cuando cayera sobre nosotros el manto de la oscuridad, nos apartaríamos silenciosamente de su lado para sufrir en soledad. Una religión que nos mostrara a María con su Niño en los brazos, y no a María con el Hijo muerto sobre sus rodillas, no sería una religión a la que podríamos entregarnos confiadamente cuando todo nos fallara. Más aún, no podríamos tener a la Virgen por Madre si en su relación con nosotros no apareciera el dolor. María, aunque dio a luz sin dolor a su Hijo unigénito, dio a luz a la humanidad en medio del dolor y la agonía. Permaneció al pie de la cruz de Jesús lo mismo que había estado arrodillada junto a la cuna, y es nuestra madre tanto cuando gozamos como cuando sufrimos. La “Madre de dolores” debe estar siempre más cerca de la humanidad que la “Madre de la alegría”.

En cuanto empezamos a hacer ciertos progresos en la vida interior corremos el riesgo de olvidar otros deberes elementales. Dicho de otro modo, cuando iniciamos la experiencia de una relación íntima y personal con Cristo, existe el peligro de que nos olvidemos – o al menos, minimicemos – las relaciones que nos unen con los demás. Me refiero al hecho elemental de que “el que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve”, por muy profundos y fervorosos que parezcan nuestros sentimientos. Debemos contrastar la realidad de nuestra devoción hacia Él con la atención concreta que manifestamos hacia los demás.

Así pues, si hay un momento en el que debamos volvernos hacia nuestro prójimo y calibrar nuestra caridad, será cuando estemos junto a la cruz, porque la suprema gloria de la cruz exige hacer del dolor el lazo más profundo en las relaciones humanas.

Cuando nuestras almas contemplan conmovidas la muerte de nuestro Salvador, llega el momento de volver nuestra mirada a las sencillas relaciones de la vida cotidiana y de preguntarnos si hemos vencido en la prueba final de todo discípulo de Jesús: amarnos los unos a los otros. Sería escandaloso que quienes afirman disfrutar de la más íntima amistad con Dios, se caracterizasen por su egoísmo y falta de caridad con el prójimo; que los que se consideran “virtuosos” presenten su “modo de vida” y sus devociones como excusas para no ser amables con los demás. “Está rezando y no se le puede molestar…”; cuando, en realidad, el primer mandamiento es la caridad.

Ve a casa y da fin, de una vez por todas, a esa absurda disputa. Ve a casa y pide perdón, sincera y sencillamente, por tu participación en ese asunto en el que quizá el otro era aún más culpable que tú. Es intolerable que los amigos del crucificado – o los que aspirar a ser amigos del crucificado – puedan sentirse en paz con Dios y no estar en paz con su esposa o con sus padres.

“¡Ahí tienes a tu madre…a tu hijo!”. Un lazo más fuerte que el de la creación común te une a esa alma con la que estás en desacuerdo: el hecho de que el Verbo muriese en la cruz por los dos. Pues mientras la caída rompió la armonía de esa creación, la redención la restauró. Y esta restauración es aún más maravillosa que la creación misma. Ningún hombre puede ser amigo de Jesucristo si no es amigo de su prójimo.

3.- “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”

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La oscuridad del Calvario, tanto física como espiritual, se hace más profunda. Cristo intercede por los que le han ofendido y han rechazado su amistad. Él, siempre fue amigo de los pecadores, añade a todos ellos uno más. Él, que siempre fue amigo de los santos, añade a todos ellos otros dos con los que se une más estrechamente a través de las bodas del dolor.

Ahora se aleja del mundo al que tanto dio, para dirigir su mirada hacia su propia sagrada humanidad. Y, por medio de una palabra ante la cual tiempo el cielo y la tierra, nos revela que esa humanidad sufre la experiencia del dolor y del abandono como parte del proceso que le llevó a “gustar la muerte por todos nosotros” y a aprender la obediencia por sus sufrimientos. Él, que vino a ofrecer su sagrada humanidad como el lazo de amistad entre Dios y el hombre, se hace amigo del hombre caído, puesto que ha decidido identificarse con el horror de esa caída. La visión beatífica, que el hombre había perdido pero que Cristo no podía perder, se ve ahora oscurecida a los ojos del que vino a restablecerla por medio de la redención.

Ahora bien, la auténtica felicidad del hombre consiste en su gradual aproximación a la visión beatífica. Cristo nos ofrece su amistad – esa amistad en la que se fundamenta la felicidad humana – como prenda y como medio de alcanzar la unión definitiva en el cielo. Por lo tanto, la alegría de Cristo en la tierra, ese gozo que estalla en palabras una vez y otra durante su vida terrena, en obras de poder y misericordia, o en el silencio fulgor de la transfiguración, ese gozo procede de la visión beatífica en la que vivía permanentemente.

Y es ahora, en el Calvario, cuando tiene lugar el supremo padecimiento: lo que ha sido su soporte durante los treinta años de vida, no desaparece, pero sí se oculta, lo mismo que cualquier otro consuelo humano o divino. El sol ensombrecido no es más que una vaga y tenue imagen de la oscuridad de su alma. El sol se convierte en tinieblas y la luna en sangre, las estrellas se desprenden del cielo y la tierra tiembla, como si Cristo, por su libre y deliberada elección, no entrara simplemente en las sombras de la muerte, sino en la muerte de las muertes. Y esta es la muerte que “gustó” …En aquella hora ofreció lo único que hace tolerable la vida. Su cuerpo, exhausto y martirizado en la cruz, es una débil representación de la agonía de su alma abandonada… “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.

Esta palabra ofrece más dificultades que las anteriores si pretendemos aplicarla a nosotros mismos. El estado en que fue pronunciada nos resulta sencillamente inconcebible a quienes encontramos consuelo en tantas cosas que no son Dios y para quienes el pecado carece de importancia. Cuando falla la religión, nos consolamos con el arte; cuando nos defraudan el amor o la ambición, nos abandonamos a los placeres físicos; cuando el cuerpo se niega a responder, nos refugiamos en nuestro indomable orgullo; y cuando todo se derrumba, pensamos en el suicidio y en el infierno como la solución más tolerable. En nuestro apasionado afán por hacernos soportables a nosotros mismos, parece no existir abismo al que no podamos caer.

Esa palabra, pues, carece de sentido para la mayoría de nosotros. Para Jesucristo, cuando la visión beatífica quedó ahogada por las sombras, no hubo nada en el cielo ni en la tierra…” Busqué quien me consolase y no lo hallé…”. La tragedia continúa en medio de la oscuridad: oímos los gemidos, vemos los ojos del torturado, su rosto macilento tras el cual se oculta su alma crucificada; andamos a tiendas, hacemos conjeturas, intentamos suavizar la imagen de tan augusta realidad; pero eso es todo.

Sin embargo, de todo lo dicho se derivan dos lecciones que, traducidas a nuestros términos, quizá lleguemos a comprender: Puede suceder que en nuestra vida espiritual alcancemos un punto en el que la amistad con Cristo sea nuestro principal gozo entre los muchos que Dios nos concede. El hecho de poder conocerle y tratarle nos resulta tan consolador que llegamos a considerar insignificante la mayor de las penas. (Es obvio que esto no exige un nivel especial en el terreno espiritual y, de hecho, es imposible perseverar sinceramente en la vida interior sin experimentarlo antes o después). Pues bien, supongamos que, una vez alcanzado este punto y sin ser conscientes más que de nuestra habitual negligencia y falta de fe, este gozo espiritual desaparece súbita y completamente. ¿Cuál puede ser nuestra reacción?

Como indicábamos más arriba, nuestra respuesta consiste en encontrar consuelo en cualquier otro lugar. Buscamos “distracciones”, es decir, centramos nuestra atención en otras cosas. Es aún más común la actitud del que se rinde y, dejando a un lado las prácticas que exigen un esfuerzo, se queja amargamente del modo en que le trata su Amigo. Por supuesto, una petición de auxilio es no sólo justificable, sino realmente meritoria, pues también nuestro Señor clamó en la cruz. El error no está en gritar, sino en el sentimiento que invade al que grita. En nuestro amor propio no nos creemos merecedores de lo que nos sucede, como si por nuestra parte tuviéramos algún derecho a la presencia del Amigo. ¿Es posible avanzar sin esa renuncia? ¿Cómo aferramos a nuestro Amigo cuando parece desprenderse de nuestras manos? ¿Cómo debe ser esa auténtica fe, que echa sus raíces y las hunde en la roca, cuando el viento desolador del sufrimiento amenaza con desarraigada? Lo más honroso es beber de una vez la tribulación más intensa y las heces más amargas. Poner nuestros labios en la copa que apuró nuestro Salvador – aunque su amargura esté diluida por la misericordia divina – supondría un honor que nos daría la paz.

La segunda lección se refiere a la etapa en la que Dios lo es todo para el alma, una etapa a la que, obviamente, aspiramos todos. No basta con que la amistad de Cristo sea nuestro interés primordial. Cristo no es meramente “el primero”: es el alfa y omega, el principio y el fin. No es comparativamente el más importante: es el absoluto y el único. La religión no es uno de los aspectos que complementan nuestra vida – eso es la religiosidad -, sino que forma parte de todos ellos; es la trama en la que deben ir tejidos el arte, la literatura, los afanes cotidianos, la diversión, los negocios o el amor humano. Si no es así, no se trata de religión en absoluto.

La suprema dificultad de la vida interior radica en llegar a vivir así. Y vivir la religión, no como una parte integrante del conjunto de la vida, sino como el elemento dominante en todos sus aspectos, de tal modo que esa exigencia sea, siempre y en todo momento, imperativa; no en el sentido de que el alma se desinterese por todo, excepto por las formas de culto, la teología, la ascética o la moral – lo que podría calificarse de mera religiosidad -, sino de un modo de percibir inconscientemente la voluntad, el poder o la belleza de Dios en todos las cosas, y de que “nada es completamente secular excepto el pecado”.

Esta es, pues, recordémoslo, la vida del alma, y en la medida en que nos acerquemos a ella, estaremos cumpliendo mejor o peor nuestro destino. Y para el alma que ha alcanzado ese estado, Dios lo es todo, se hace “todo” porque no hay nada ajeno a Él: “Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. La vida en su conjunto parece iluminada por la presencia divina; todas las cosas subsisten en Él y nada tiene valor excepto en relación con Él.

El alma cristiana debe, pues, aspirar a este estado y esforzarse por alcanzarlo, ya que en él radica la plenitud de la amistad de Cristo. Sólo en estas condiciones puede ser Jesús todo para el alma. Y aún más: es el único estado en el que es posible el auténtico abandono.

Perder a Jesús si ocupa las nueve décimas partes de nuestra vida produce realmente un dolor extraordinario; sin embargo, aún quedaría una décima parte en la que no se advertiría la pérdida, una fracción de intereses en los que el alma se podría refugiar en busca de consuelo. Pero si ocupa la vida entera, si no hay un momento del día, un movimiento de los sentidos, una percepción de la mente, o un acto de los que Él no sea el fundamento, entonces, cuando se retira, el sol se oscurece y la luna no brilla; entonces, ciertamente, se pierde el gusto por la vida, se marchita el color del cielo, y se desvanecen la belleza de las formas y la armonía de los sonidos. Entonces, y solamente entonces, un alma como esta puede atreverse, sin presunción, a poner en sus labios las palabras del mismo Cristo y clamar: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado? Pues perdiéndote a ti, lo pierdo todo”.